DISCURSO pronunciado por el Canciller Federal Olaf Scholz
en la Universidad Carolina de Praga
a las 11:02 horas del lunes 29 de agosto de 2022

Estimada Rectora Králíčková,
honorables prorrectores y prorrectoras y miembros de las facultades,
estimado Ministro Bek,
Excelencias,
queridas y queridos estudiantes,
Señoras y Señores:

Muchas gracias por su amable invitación. Es un gran honor para mí estar aquí, en este lugar histórico —bajo la mirada, por así decirlo, del fundador de esta venerable institución— para hablarles del futuro, de nuestro futuro, que creo que se puede resumir en una palabra: Europa.

Probablemente no hay mejor lugar para hacerlo que aquí, en la ciudad de Praga, en esta universidad con sus casi 700 años de historia. “Ad fontes”, a las fuentes, era el lema de los grandes humanistas del Renacimiento europeo. Cualquiera que busque acercarse a las fuentes de Europa vendrá inevitablemente aquí, a esta ciudad cuyo patrimonio y carácter son más europeos que casi cualquier otra ciudad de nuestro continente. Esto es inmediatamente evidente para cada turista estadounidense o chino que cruza el Puente de Carlos hacia el barrio de Hradčany. Por eso vienen aquí. Porque en esta ciudad, entre sus castillos y puentes medievales, sus lugares de culto y cementerios católicos, protestantes y judíos, sus catedrales góticas y sus palacios Art Nouveau, sus rascacielos de cristal y sus callejuelas con casas de entramado de madera y el mosaico de lenguas que se hablan en el casco antiguo, descubren lo que para ellos es Europa: la mayor diversidad posible en un espacio muy reducido.

Así, si Praga es Europa en miniatura, la Universidad Carolina es algo así como una cronista de nuestra historia europea, tan rica en luces y sombras. No puedo decir si su fundador, el emperador Carlos IV, se consideraba europeo. Su biografía sugiere que sí: nacido con el antiguo nombre de pila bohemio “Václav”, educado en Bolonia y París, hijo de un gobernante de la Casa de Luxemburgo y de una Habsburgo, emperador alemán, rey de Bohemia y de Italia. Por tanto, parece lógico que bohemios, polacos, bávaros y sajones hicieran su studium generale en “su” universidad junto a estudiantes franceses, italianos e ingleses.

Pero como esta universidad está en Europa, también ha tenido que soportar las horas bajas de la historia europea: el fervor religioso, la división por líneas lingüísticas y culturales y la homogeneización ideológica durante las dictaduras del siglo XX. Fueron los alemanes quienes escribieron el capítulo más oscuro: el cierre de la universidad por los ocupantes nacionalsocialistas, el fusilamiento de los estudiantes que protestaban y la deportación y asesinato de miles de miembros de la universidad en campos de concentración alemanes. Estos crímenes todavía nos llenan de dolor y de vergüenza hoy en día a los alemanes. Manifestar eso es una de las razones por las que estoy hoy aquí. Sobre todo porque a menudo olvidamos que, para muchos ciudadanos de Europa Central, la privación de libertad, el sufrimiento y la dictadura no terminaron con la ocupación alemana y la destrucción de la Segunda Guerra Mundial.

Una de las muchas grandes mentes que ha producido esta universidad ya nos lo recordó en tiempos de la Guerra Fría. En 1983, Milan Kundera describió “la tragedia de la Europa Central”, es decir, cómo, tras la Segunda Guerra Mundial, polacos, checos, eslovacos, bálticos, húngaros, rumanos, búlgaros y yugoslavos “se despertaron para descubrir que estaban en el Este”, que habían “desaparecido del mapa de Occidente”. Nos enfrentamos también a este legado —especialmente los que estábamos en el lado occidental del Telón de Acero—, no solo porque este legado forme parte de la historia de Europa y, por tanto, de nuestra historia común como europeos, sino también porque la experiencia de los ciudadanos de Europa Central y Oriental —el sentimiento de estar olvidados y abandonados tras un telón de acero— sigue viva hasta hoy, llegando incluso a los debates sobre nuestro futuro, sobre Europa.

En este momento, volvemos a preguntarnos dónde estará la línea divisoria entre esta Europa libre y una autocracia neoimperial en el futuro. En febrero hablé de un cambio de época tras la invasión rusa de Ucrania. La Rusia de Putin quiere trazar nuevas fronteras mediante la violencia, precisamente lo que en Europa no queríamos volver a vivir nunca más. La brutal agresión a Ucrania es, por tanto, también un ataque al orden de seguridad europeo. Nos oponemos a este ataque con absoluta firmeza. Para ello necesitamos nuestra propia fuerza, como Estados individuales, en asociación con nuestros socios transatlánticos, pero también como Unión Europea.

Esta Europa unida nació como un proyecto de paz hacia dentro. Su objetivo era garantizar que la guerra nunca volviera a enfrentar a sus Estados miembros. Hoy nos corresponde seguir desarrollando esta promesa de paz, dotando a la Unión Europea de la capacidad para salvaguardar su seguridad, su independencia y su estabilidad también frente a las amenazas exteriores. Esta es la nueva misión de paz de Europa, Señoras y Señores. Esto es probablemente lo que la mayoría de los ciudadanos esperan de Europa, tanto en el Oeste como en el Este de nuestro continente.

Por ello, es una afortunada coincidencia que en estos tiempos la Presidencia del Consejo de la Unión Europea la ostente la República Checa, un país que reconoce desde hace tiempo la importancia de esta misión, y que está llevando a Europa en la dirección correcta. La República Checa puede contar con el pleno apoyo de Alemania en este sentido. Y me será grato trabajar junto al Primer Ministro Fiala para encontrar las respuestas europeas adecuadas a los nuevos tiempos.

La primera respuesta que debemos dar es la de que no aceptamos sin más el ataque de Rusia a la paz en Europa. No nos quedaremos de brazos cruzados viendo cómo se mata a mujeres, hombres y niños o cómo se borra del mapa a países libres y se les hace desaparecer tras muros o telones de acero. No queremos volver a los siglos XIX y XX, con sus guerras de conquista y sus excesos totalitarios.

Nuestra Europa está unida en la paz y la libertad, está abierta a todas las naciones europeas que comparten nuestros valores. Pero, sobre todo, rechaza activamente el imperialismo y la autocracia. La Unión Europea no funciona por supremacía ni subordinación, sino por el reconocimiento de la diversidad, el trato de igual a igual entre todos sus miembros, la pluralidad y el equilibrio de los distintos intereses.

Precisamente la idea de esta Europa unida le incomoda a Putin, puesto que no encaja con su visión del mundo, según la cual los países pequeños deben someterse a un puñado de grandes potencias europeas. Es, por tanto, aún más importante que defendamos juntos nuestra idea de Europa. Por eso apoyamos a Ucrania cuando está siendo atacada: económica, financiera y políticamente, con ayuda humanitaria, pero también militarmente. Alemania ha dado un cambio fundamental en esta cuestión en los últimos meses. Seguiremos prestando este apoyo de forma fiable y mientras sea necesario. 

Lo mismo ocurre con la reconstrucción del país destruido, que será un gran esfuerzo de generaciones. Se necesitará una coordinación internacional y una estrategia inteligente y sólida. De esto tratará una conferencia de expertos a la que la Presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, y yo invitaremos a Ucrania y sus socios de todo el mundo el 25 de octubre en Berlín.

Por otro lado, en las próximas semanas y meses, enviaremos a Ucrania nuevas armas de última generación, como sistemas de defensa aérea y radar y drones de reconocimiento. Solo nuestra última ronda de entregas de armas supera los 600 millones de euros. Nuestro objetivo son unas fuerzas armadas ucranianas modernas, capaces de defender su país a largo plazo.

Sin embargo, para lograrlo, no debemos limitarnos a proporcionar a Kiev medios de los que nosotros mismos podemos prescindir en este momento. También aquí hace falta más planificación y coordinación. Por eso hemos puesto en marcha una iniciativa con los Países Bajos para lograr un reparto fiable y sostenible del trabajo entre todos los socios de Ucrania. Me puedo imaginar, por ejemplo, a Alemania asumiendo una responsabilidad especial en reforzar la artillería y defensa aérea de Ucrania. Deberíamos acordar rápidamente un sistema de apoyo coordinado, reafirmando de este modo nuestro compromiso con una Ucrania libre e independiente a largo plazo, como hicimos en el Consejo Europeo de junio cuando dijimos unánimemente “sí”. Sí, Ucrania, la República de Moldavia y, en perspectiva, Georgia y, por supuesto, los seis países de los Balcanes Occidentales pertenecen a la parte libre y democrática de Europa. Su adhesión a la UE nos interesa.

Podría explicarlo en términos demográficos o económicos o, acorde con Milan Kundera, en términos culturales, éticos o morales. Todas estas razones son válidas. Pero lo que hoy está más claro que nunca es la dimensión geopolítica de esta decisión. La realpolitik en el siglo XXI no significa dejar de lado los valores ni sacrificar a los socios en favor de vagos compromisos. La realpolitik debe implicar a amigos y socios con valores comunes y apoyarlos para ser más fuertes en la competencia global a través de esta cooperación.

Por cierto, así entiendo yo la propuesta de Emmanuel Macron de una comunidad política europea. Y, claro está, tenemos el Consejo de Europa, la OSCE, la OCDE, la Asociación Oriental, el Espacio Económico Europeo y la OTAN. Todos ellos importantes foros en los que los europeos colaboramos estrechamente, incluso más allá de las fronteras de la UE. Lo que falta, sin embargo, es un intercambio regular a nivel político, un foro en el que nosotros, los Jefes y Jefas de Estado y de Gobierno de la UE, y nuestros socios europeos debatamos una o dos veces al año cuestiones clave que afectan a todo el continente: como la seguridad, la energía, el clima y la conectividad.

Esta agrupación —y esto es muy importante para mí— no es una alternativa a la próxima ampliación de la UE. Después de todo, hemos dado nuestra palabra a nuestros candidatos a la adhesión —en el caso de los países de los Balcanes Occidentales, eso ya fue hace casi 20 años— y a esas palabras ahora deben seguirles finalmente los hechos.

En los últimos años, muchos han reclamado, con razón, una Unión Europea más fuerte, más soberana y geopolítica, una Unión consciente de su lugar en la historia y en la geografía del continente, que actúe con fuerza y cohesión en el mundo. Las decisiones históricas adoptadas en los últimos meses nos han acercado a este objetivo. Hemos impuesto severas sanciones a la Rusia de Putin con una determinación y rapidez sin precedentes. Sin las controversias habituales del pasado, hemos acogido a millones de mujeres, hombres y niños de Ucrania que buscan refugio en nuestros países. Precisamente la República Checa y otros países de Europa Central han mostrado su enorme corazón y gran solidaridad. Tienen mi mayor respeto por ello.

También hemos dado nueva vida a la palabra solidaridad en otros ámbitos. Estamos colaborando más estrechamente en el suministro de energía. Hace apenas unas semanas, adoptamos los objetivos europeos en materia de reducción del consumo de gas. Ambas cosas son esenciales de cara al próximo invierno y Alemania, en particular, está muy agradecida por esta solidaridad.

Todos ustedes conocen la determinación con la que Alemania intenta actualmente reducir su dependencia del suministro energético ruso. Estamos construyendo capacidades alternativas para la importación de gas licuado y petróleo. Y lo hacemos con espíritu de solidaridad, pensando también en las necesidades de países sin litoral como la República Checa. Esta es la promesa que hice al Primer Ministro Fiala durante su visita a Berlín en mayo, y sin duda reafirmaremos nuevamente esta solidaridad cuando nos reunamos hoy.

Al fin y al cabo, la presión para el cambio aumentará sobre nosotros, los europeos, independientemente de la guerra de Rusia y sus consecuencias. En un mundo de ocho, o incluso diez mil millones de personas en el futuro, cada uno de nuestros Estados nacionales europeos es demasiado pequeño como para defender sus intereses y valores por sí solo. Por tanto, aún más importante es que logremos una Unión Europea que actúe al unísono.

Y más importantes son los socios fuertes, principalmente los Estados Unidos de América. Es una suerte para todos nosotros que un firme defensor de la alianza transatlántica, el Presidente Biden, haya llegado a la Casa Blanca. En los últimos meses hemos sido testigos del valor indispensable de la asociación transatlántica. La OTAN está ahora más unida que nunca y tomamos decisiones políticas en solidaridad transatlántica. Pero con todo lo que el Presidente Biden en particular ha hecho por nuestra asociación sabemos al mismo tiempo que la mirada de Washington se dirige cada vez más hacia la competencia con China y la región de Asia-Pacífico. Lo mismo ocurrirá con los futuros gobiernos de los Estados Unidos, si cabe aún más.

Por tanto, en un mundo multipolar, como lo es el del siglo XXI, no basta con solo mantener las asociaciones existentes, por muy valiosas que sean. Invertiremos en nuevas asociaciones en Asia, África y América Latina. La diversificación política y económica es, a propósito, parte de la respuesta a la pregunta de cómo lidiar con la superpotencia China y la tríada de “socio, competidor y rival”.

La otra parte de la respuesta es que debemos hacer valer con mucha más fuerza el peso de la Europa unida. Solo actuando juntos tenemos la mejor oportunidad de dejar impronta y dar forma al siglo XXI en nuestro sentido, en sentido europeo; como una Unión Europea compuesta por 27, 30 o 36 Estados, con más de 500 millones de ciudadanas y ciudadanos libres e iguales en derechos, con el mayor mercado interior del mundo, con institutos de investigación punteros, innovaciones y empresas innovadoras, con democracias estables, con una protección social y unas infraestructuras públicas sin parangón en el mundo. Esta es la ambición que asocio a una Europa geopolítica.

La experiencia de los últimos meses demuestra que los bloqueos pueden superarse. Las normas europeas pueden cambiarse, en muy poco tiempo, si es necesario. Y ni siquiera los tratados europeos están grabados en piedra. Si juntos llegamos a la conclusión de que hay que modificar los tratados para que Europa avance, deberíamos hacerlo.

Pero las discusiones abstractas sobre esto no nos conducen a ninguna parte. Lo más importante es que veamos lo que hay que cambiar y luego decidamos concretamente cómo hacerlo. “Form follows function” (la forma sigue a la función): este lema de la arquitectura moderna es un principio que urge aplicar también a la política europea.

Para mí, es obvio que Alemania debe hacer propuestas y avanzar en esta dirección. Por eso también estoy aquí, en la capital de la Presidencia del Consejo de la UE, para presentarles a ustedes y a nuestros amigos europeos algunas de mis ideas para el futuro de nuestra Unión. Quiero subrayar que se trata de ideas, es decir, propuestas, elementos de reflexión, y no de soluciones alemanas prefabricadas.

Considero que la responsabilidad de Alemania con respecto a Europa es encontrar soluciones con nuestros vecinos y luego decidir juntos. No quiero una UE de clubes o direcciones exclusivas, sino una UE cuyos miembros tengan los mismos derechos. 

Y me gustaría añadir muy explícitamente que el hecho de que la UE siga creciendo hacia el Este es una ganancia para todos nosotros. Alemania, como país en el corazón del continente, hará todo lo que esté en su mano para acercar el Este y el Oeste, el Norte y el Sur de Europa.

Teniendo esto en cuenta, permítanme compartir con ustedes las siguientes cuatro reflexiones.

En primer lugar, apoyo la ampliación de la Unión Europea para incluir a los países de los Balcanes Occidentales, a Ucrania, a Moldavia y, en perspectiva, también a Georgia. 

Una Unión Europea con 30 o 36 Estados miembros será muy diferente de la Unión actual. Eso es obvio. Inspirados por el historiador Karl Schlögel, se podría decir que el centro de Europa se está desplazando hacia el este. En esta Unión ampliada, las diferencias entre los Estados miembros aumentarán en cuanto a sus intereses políticos, su peso económico y sus sistemas de seguridad social. Ucrania no es Luxemburgo, y Portugal ve los retos del mundo de forma diferente a la de Macedonia del Norte.

Ante todo, los países candidatos deben cumplir los criterios de adhesión. Los apoyaremos en ello en la medida de nuestras posibilidades. Pero también debemos preparar a la propia UE para esta gran ampliación. Esto llevará tiempo, por eso debemos ponernos ya manos a la obra. Igual que ocurrió en anteriores ampliaciones, las reformas en los países candidatos han ido de la mano de reformas institucionales dentro de la Unión Europea. Este será también el caso esta vez.

No podemos eludir este debate, al menos si nos tomamos en serio las perspectivas de adhesión. Y debemos tomarnos en serio nuestras promesas de adhesión. Porque es la única manera de lograr la estabilidad en nuestro continente. Así que hablemos de reformas.

Se necesita una acción rápida y pragmática en el Consejo de la UE, a nivel de los ministros y ministras. Esto debe estar asegurado también en el futuro. Donde hoy se requiere unanimidad, el riesgo de que un país utilice su veto y obstruya el avance de todos los demás aumentará con cada nueva adhesión. Quien no lo crea, está renegando de la realidad europea.

Por eso he propuesto una transición gradual a la votación por mayoría en la política exterior común, pero también en otros ámbitos, como la política fiscal —siendo perfectamente consciente de que esto también tendría repercusiones para Alemania—. Debemos tener presente que la adhesión al principio de unanimidad solo funciona mientras la presión para actuar sea baja. Pero ahora con el cambio de época que estamos viviendo, este ya ha dejado de ser el caso.

La alternativa a la votación por mayoría no sería mantener el statu quo, sino avanzar en grupos cada vez más diversos, con un laberinto de normas diferentes y complicadas opciones de participación y no participación. Eso no sería una forma de integración diferenciada, sino una maraña confusa y una invitación a todos los que quieren apostar contra una Europa geopolítica unida y enfrentarnos unos a otros. ¡No quiero eso!

Mi apoyo al voto por mayoría ha sido a veces objeto de críticas, y puedo entender perfectamente las preocupaciones de los Estados miembros más pequeños en particular. También en el futuro hay que escuchar las inquietudes de todos los países, cualquier otra cosa sería una traición a la idea europea. Y como me tomo muy en serio estas preocupaciones, les digo: ¡busquemos juntos compromisos! Me podría imaginar, por ejemplo, empezar con la votación por mayoría en ámbitos en los que es especialmente importante que hablemos con una sola voz —en política de sanciones, por ejemplo, o en cuestiones de derechos humanos—. Asimismo, quiero que tengamos la valentía de hacer una abstención constructiva. Considero que los alemanes y todos los demás que están convencidos del voto mayoritario tenemos una obligación en este sentido. Si el mayor número posible de personas se adhiere a esta idea, estaremos mucho más cerca de una Europa geopolítica capaz de actuar con credibilidad en la escena mundial.

El Parlamento Europeo tampoco podrá esquivar las reformas. Los tratados prevén, con razón, un límite máximo de 751 diputados. Pero superaremos este número cuando se adhieran nuevos países a la UE, en todo caso cuando ampliemos el Parlamento con los escaños que les corresponderían a los nuevos Estados miembros según las normas vigentes hasta ahora. Si no queremos que el Parlamento Europeo se abarrote, debemos encontrar un nuevo equilibrio en su composición. Y debemos hacerlo respetando el principio democrático de que cada voto debe tener aproximadamente el mismo peso.

Por último, en la Comisión Europea también está en juego el equilibrio adecuado entre representación y funcionalidad. Una Comisión con 30 o 36 comisarios llegaría al límite de su capacidad de funcionamiento. Si, además, nos aferramos a que cada comisaria o comisario sea responsable de un ámbito político distinto, esto nos llevaría —si se me permite evocar a otro ilustre hijo de esta ciudad— a una situación kafkiana.

Al mismo tiempo, sé lo importante que es para todos los Estados miembros estar representados en Bruselas por su propio comisario. Esto también es importante porque significa que en Bruselas todos se sientan en la mesa. Todos toman decisiones juntos. Por eso no quiero cambiar el principio de “un comisario por país”. Pero, ¿qué hay de malo en que dos miembros de la Comisión sean responsables conjuntamente de una misma Dirección General? Esta es una característica del trabajo diario no solo en los órganos de decisión de las empresas de todo el mundo; también existen soluciones de este tipo en los gobiernos de algunos Estados miembros, tanto en lo que respecta a la representación externa como al reparto interno de competencias.

Busquemos, pues, esos compromisos: ¡por una Europa que funcione!

La segunda reflexión que me gustaría compartir con ustedes está relacionada con un término del que hemos hablado a menudo en los últimos años: la soberanía europea. 

Para mí, no es una cuestión de semántica. Al fin y al cabo, la soberanía europea significa esencialmente que nos volvemos más autónomos en todos los ámbitos, que asumimos una mayor responsabilidad por nuestra propia seguridad, que cooperamos aún más estrechamente y estamos aún más unidos en la defensa de nuestros valores e intereses en el mundo.

No solo nos vemos obligados a hacerlo por el ataque de Rusia al orden de paz europeo. Ya he mencionado las dependencias en las que nos encontramos. Las importaciones rusas de energía constituyen un ejemplo especialmente llamativo, pero no son ni mucho menos el único. Pongamos, por ejemplo, la escasez de suministro de semiconductores. Tenemos que acabar con estas dependencias unilaterales lo antes posible.

Europa debe su prosperidad al comercio. No debemos dejar este ámbito a otros. Por eso necesitamos tratados de libre comercio adicionales y duraderos y una ambiciosa agenda de comercio.

Cuando hablamos del suministro de materias primas o de tierras raras, pensamos principalmente en los países de origen muy alejados de Europa. Sin embargo, a menudo se pasa por alto que gran parte del litio, el cobalto, el magnesio y el níquel que nuestras empresas necesitan tan urgentemente ya se encuentra desde hace tiempo aquí en Europa. En cada teléfono móvil, en cada batería de coche hay valiosos recursos. Así que cuando hablamos de soberanía económica, también deberíamos pensar en sacar mayor provecho de este potencial. Las tecnologías para hacerlo ya están disponibles. Lo que necesitamos son normas comunes para la transición a una verdadera economía circular europea, lo que yo llamo una actualización estratégica de nuestro mercado interior.

La independencia económica no significa autarquía. Ese no puede ser el objetivo de una Europa que siempre se ha beneficiado, y se sigue beneficiando, de la apertura de los mercados y del comercio. Pero tenemos que establecer un game plan (plan de juego), algo así como una estrategia “Made in Europe 2030”. 

Para mí, esto significa que en las áreas en las que Europa ha quedado por detrás de Silicon Valley, Shenzhen, Singapur o Tokio, tendremos que luchar para volver a la cima. 

Gracias a un importante esfuerzo europeo, ya hemos avanzado en los chips y semiconductores que son tan importantes para nuestra industria. Hace poco, por ejemplo, Intel anunció sus planes de invertir miles de millones en Francia, Polonia, Alemania, Irlanda, Italia y España, un gran paso hacia una nueva generación de “microchips made in Europe”. Y esto es solo el principio. Junto con empresas como Infineon, Bosch, NXP y GlobalFoundries estamos trabajando en proyectos que convertirán a Europa en líder mundial en tecnología.

Nuestra ambición no se limitará a fabricar en Europa productos que también pueden producirse en otros lugares. Quiero una Europa que sea pionera en importantes tecnologías clave.

Tomemos el ejemplo de la movilidad del futuro. Los datos desempeñarán aquí un papel decisivo: en la conducción autónoma, en la conexión en red de los distintos medios de transporte y en la gestión inteligente de los flujos de tráfico. Por eso necesitamos cuanto antes un espacio europeo único y transfronterizo para los datos de movilidad. En Alemania hemos dado un primer paso con el Mobility Data Space. ¡Unámoslo con toda Europa! Está abierto a todos los que quieran cambiar las cosas. De este modo, podemos convertirnos en pioneros mundiales.

Cuando hablamos de digitalización, tenemos que pensar a lo grande e incluir el espacio, puesto que la soberanía en la era digital dependerá de nuestras capacidades espaciales. El acceso independiente al espacio, a los satélites modernos y a las megaconstelaciones, todo ello es crucial no solo para nuestra seguridad, sino también para la protección del medio ambiente, la agricultura y, no en última instancia, para la digitalización —en el sentido de un Internet de banda ancha en toda Europa.

Los agentes comerciales y las empresas emergentes desempeñan un papel cada vez más importante en este ámbito, tal y como vemos en los Estados Unidos. Por eso, para que el sector espacial europeo sea fuerte y competitivo, debemos promover estas empresas innovadoras además de los actores establecidos. Solo entonces habrá una posibilidad de que el próximo SpaceX sea una empresa europea.

Por último, pero no menos importante, nuestro gran objetivo de lograr la neutralidad climática como Unión Europea para 2050 nos ofrece una enorme oportunidad de ser los primeros en este ámbito que es determinante para el futuro de la humanidad: desarrollando y madurando aquí en Europa las tecnologías que se necesitarán y utilizarán en todo el mundo.

En el ámbito de la electricidad, pienso en la creación de la red y la infraestructura de almacenamiento para un verdadero mercado interior de la energía que abastezca a Europa con energía hidráulica del norte, eólica de las costas y solar del sur, de forma fiable, tanto en verano como en invierno.

Pienso en una red europea de hidrógeno que conecte a productores y consumidores y que desencadene un boom europeo de la electrólisis. Puesto que solo con ayuda del hidrógeno haremos que el sector industrial alcance la neutralidad climática.

Pienso en una red lo más densa posible de puntos de recarga eléctrica en cada uno de nuestros países, para los coches eléctricos, pero también para los camiones.

Y pienso en las inversiones en nuevos combustibles de aviación neutros para el clima y en la infraestructura necesaria, por ejemplo en los aeropuertos, para que el objetivo de un transporte aéreo neutro para el clima no se quede en un sueño, sino que se convierta en una realidad, empezando concretamente por Europa.

Esta transformación ecológica y digital de nuestra economía requerirá una considerable inversión privada. La base para ello es disponer de un mercado de capitales de la UE fuerte y solvente y un sistema financiero estable. La unión de los mercados de capitales y la unión bancaria son, por tanto, fundamentales para nuestra futura prosperidad.

Señoras y Señores: Todos estos son pasos hacia la soberanía europea.

Permítanme destacar otro punto, porque desempeña un papel decisivo en el tema de la soberanía y en vista de la guerra en Europa del Este. Necesitamos una mejor interacción de nuestros esfuerzos de defensa en Europa.

En comparación con los Estados Unidos, en la UE hay muchos más sistemas de armas diferentes. Esto es ineficiente porque significa que nuestras tropas tienen que entrenar en muchos sistemas distintos. Y el mantenimiento y la reparación también son más caros y difíciles.

A la descoordinada reducción de las fuerzas armadas europeas y de los presupuestos de defensa del pasado debería seguir ahora un crecimiento coordinado de las capacidades europeas. Además de la fabricación y las adquisiciones conjuntas, es necesario que nuestras empresas cooperen aún más estrechamente en proyectos de armamento. Esto hace indispensable una coordinación aún más estrecha a nivel europeo. Por tanto, ya es hora de que no solo los ministros de Agricultura o Medio Ambiente se reúnan de forma independiente en Bruselas. En estos tiempos que corren, necesitamos un Consejo de Ministros de Defensa específico.

Ya contamos con una serie de instrumentos para mejorar la cooperación de nuestras fuerzas armadas de forma muy concreta. Además de la Agencia Europea de Defensa y del Fondo de Defensa, pienso sobre todo en una cooperación como la que ya se lleva a cabo en el seno de la Organización Conjunta de Cooperación en Materia de Armamento. De la misma manera que en su día empezamos a abrir las fronteras del espacio Schengen con siete países, esta Organización puede convertirse en el núcleo de una Europa de defensa y armamento común. 

Para ello, tendremos que revisar todas nuestras salvedades y normativas nacionales, especialmente las relativas a la utilización y exportación de sistemas fabricados conjuntamente. Pero esto debe ser posible en interés de nuestra seguridad y soberanía, que a su vez dependen, entre otras cosas, de las capacidades armamentísticas europeas.

La OTAN sigue siendo el garante de nuestra seguridad. Pero también es correcto decir que cada mejora, cada armonización de las estructuras europeas de defensa en el marco de la UE refuerza a la OTAN.

Deberíamos aprender lecciones de lo que ocurrió en Afganistán el verano pasado. En el futuro, la UE debe ser capaz de reaccionar con rapidez y eficacia. Por ello, junto con otros socios de la UE, Alemania velará por que la fuerza de reacción rápida de la UE que se tiene prevista esté lista para ser desplegada en 2025, y aportará los efectivos necesarios. Esto requerirá una estructura clara de mando. Por tanto, debemos dotar a la capacidad permanente de planificación y ejecución de la UE y, a medio plazo, a un auténtico cuartel general de la UE de todos los medios financieros, personales y tecnológicos necesarios. Alemania asumirá esta responsabilidad cuando dirijamos la fuerza de reacción rápida en 2025.

Además, a largo plazo, debemos flexibilizar nuestros procesos de decisión política, especialmente en tiempos de crisis. Para mí, esto significa agotar al máximo el margen de maniobra que ofrecen los tratados de la UE. Y sí, esto incluye expresamente hacer un mayor uso de la posibilidad de confiar tareas a algún grupo de Estados miembros dispuesto a llevarlas a cabo, como una coalición de voluntad. Esto es la división del trabajo en el seno de la UE en el mejor sentido.

Ya se ha decidido que Alemania apoyará a Lituania con una brigada de despliegue rápido y la OTAN con más fuerzas de alta disponibilidad. Apoyamos a Eslovaquia en el campo de la defensa aérea y en otros ámbitos. Suministramos a la República Checa y a otros países tanques de fabricación alemana como compensación por la entrega de tanques soviéticos a Ucrania. Al mismo tiempo, hemos acordado que nuestras fuerzas armadas estrechen aún más su cooperación. Los 100.000 millones de euros con los que modernizaremos la Bundeswehr en Alemania a lo largo de los próximos años también reforzarán la seguridad europea y transatlántica.

En Europa tenemos pendiente bastantes tareas en materia de defensa contra las amenazas aéreas y espaciales. Por eso, en Alemania invertiremos de forma muy significativa en nuestra defensa aérea a lo largo de los próximos años. Todas estas capacidades podrán desplegarse en el marco de la OTAN. Al mismo tiempo, desde un primer momento Alemania diseñará esta futura defensa aérea de tal forma que nuestros vecinos europeos puedan participar si así lo desean, como los polacos, los bálticos, los holandeses, los checos, los eslovacos o nuestros socios escandinavos. Un sistema de defensa aérea desarrollado conjuntamente en Europa no solo sería más eficaz y más rentable que si cada uno construyera sus propios sistemas, caros y muy complejos, sino que también supondría una ganancia en seguridad para toda Europa y un excelente ejemplo de lo que queremos decir cuando hablamos del fortalecimiento del pilar europeo de la OTAN.

El tercer gran ámbito de actuación que veo para Europa es producto del cambio de época y, a la vez, va mucho más allá. En un futuro previsible, la Rusia de Putin se definirá por oposición a la Unión Europea. Cualquier desacuerdo entre nosotros, cualquier debilidad, será aprovechada por Putin. Otros autócratas lo están imitando. Basta con pensar en cómo el dictador bielorruso Lukashenko trató de presionarnos políticamente el año pasado con el sufrimiento de miles de refugiados y migrantes de Oriente Medio. China y otros también sacan provecho de los flancos abiertos que dejamos los europeos cuando estamos en desacuerdo. 

Las consecuencias de esto para Europa podrían resumirse así: tenemos que cerrar filas, superar viejos conflictos y encontrar nuevas soluciones. Esto puede parecer una obviedad, pero detrás hay mucho trabajo. Fijémonos en las dos áreas que probablemente han causado las mayores tensiones entre los Estados miembros en los últimos años: las políticas migratoria y financiera.

Podemos avanzar en política migratoria y así lo demostramos tras el ataque de Rusia a Ucrania. Por primera vez, la UE activó su Directiva de protección temporal. Detrás de este nombre tan poco manejable se esconde un atisbo de normalidad lejos de casa para millones de ucranianos y ucranianas: un permiso de residencia rápido y seguro, la posibilidad de trabajar, el derecho a ir al colegio o estudiar en una universidad como esta.

En el futuro seguirá viniendo gente a Europa, ya sea para protegerse de la guerra y la persecución o para buscar trabajo y una vida mejor. Europa sigue siendo el destino predilecto de millones de personas en todo el mundo. Por un lado, esto es una excelente muestra del atractivo de nuestro continente. Por otro lado, es una realidad con la que tenemos que lidiar los europeos. Significa gestionar la migración a largo plazo, en lugar de reaccionar siempre a las crisis solo de forma puntual. También significa reducir la migración irregular y, al mismo tiempo, permitir la migración legal, porque necesitamos la inmigración. Actualmente ya vemos en nuestros aeropuertos, en nuestros hospitales y en muchas empresas que falta mano de obra cualificada en todas partes.

Hay una serie de puntos que me parecen clave.

En primer lugar, necesitamos más asociaciones vinculantes con los países de origen y de tránsito, en igualdad de condiciones. Si ofrecemos a los trabajadores más vías legales para llegar a Europa, a cambio debe haber una mayor disposición por parte de los países de origen para permitir que sus propios ciudadanos regresen a casa cuando no tengan derecho a quedarse.

En segundo lugar, una política migratoria que funciona incluye una protección eficaz de las fronteras exteriores que cumpla con nuestras normas del Estado de Derecho. El espacio Schengen, que permite viajar, vivir y trabajar sin fronteras, depende de esta protección. Schengen es uno de los mayores logros de la Unión Europea, y debemos protegerlo y desarrollarlo. Esto significa, además, cerrar las brechas que quedan. Croacia, Rumanía y Bulgaria cumplen todas las condiciones técnicas para convertirse en miembros de pleno derecho. Trabajaré para que se conviertan en miembros de pleno derecho.

En tercer lugar, Europa necesita un sistema de asilo basado en la solidaridad y a prueba de crisis. Tenemos el deber de proporcionar un hogar seguro a las personas que necesitan protección. Durante la Presidencia francesa del Consejo de los últimos meses acordamos un enfoque gradual. Ahora el Parlamento Europeo también debería involucrarse. La Presidencia checa del Consejo puede contar con nuestro pleno apoyo en las negociaciones con el Parlamento. 

Por último, debemos ser más rápidos que antes para dar a las personas que se encuentran legalmente en la UE como beneficiarios de protección la oportunidad de trabajar en otros Estados miembros de la UE, para utilizar sus habilidades allá donde se necesiten. Y como no somos ingenuos, debemos prevenir al mismo tiempo los abusos, por ejemplo, cuando no hay voluntad de trabajar. Si lo conseguimos, la libertad de circulación no supondrá una sobrecarga para los sistemas de seguridad social. De este modo, aseguraremos la aceptación de esta gran libertad europea a largo plazo.

Señoras y Señores: El ámbito que, junto a la política migratoria, más nos ha dividido a los europeos en los últimos años es la política fiscal. Sin embargo, el histórico plan de recuperación adoptado durante la crisis de COVID marcó un punto de inflexión. Por primera vez, dimos una respuesta europea conjunta y apoyamos los programas nacionales de inversión y reforma con fondos de la UE. Convenimos invertir juntos para fortalecer nuestras economías nacionales. Esto nos ayuda también en la crisis actual. 

La ideología ha dado paso al pragmatismo. Deberíamos dejarnos guiar por esto a la hora de desarrollar nuestras normas comunes más allá de la crisis de COVID. Una cosa está clara: una zona monetaria común necesita normas comunes que puedan cumplirse y controlarse. Esto genera confianza y hace posible la solidaridad en momentos de necesidad.

Las crisis de los últimos años han provocado un actual aumento de los niveles de deuda en todos los Estados miembros. Por eso necesitamos un acuerdo sobre cómo vamos a reducir estos altos niveles de endeudamiento. Este acuerdo debe ser vinculante, permitir el crecimiento y ser políticamente aceptable. Al mismo tiempo, debe permitir a todos los Estados miembros de la UE afrontar la transformación de nuestras economías mediante la inversión.

A principios de este mes, nosotros, como Gobierno alemán, presentamos nuestras ideas para el desarrollo de las normas de la deuda europea. Estas ideas siguen la misma lógica. Queremos discutirlo abiertamente con todos nuestros socios europeos, de forma imparcial, sin dar lecciones ni repartir culpas. Queremos debatir juntos cómo puede ser un marco regulador sostenible después de este cambio de época. Aquí está en juego algo muy fundamental. Se trata de dar a los ciudadanos la certeza de que nuestra moneda es segura e irreversible, que pueden confiar en sus respectivos Estados y en la Unión Europea incluso en tiempos de crisis.

Uno de los mejores ejemplos de cómo lo hemos conseguido en los últimos años es el programa europeo SURE. Lo introdujimos durante la crisis de COVID para cubrir la reducción del tiempo de trabajo. Más de 30 millones de ciudadanos de la UE se han beneficiado de este programa: uno de cada siete trabajadores que, de otro modo, probablemente se habría quedado en la calle. Al mismo tiempo, este incentivo a nivel europeo nos ha permitido introducir el exitoso modelo de reducción del tiempo de trabajo prácticamente en toda Europa. El resultado es un mercado laboral más sólido y empresas más sanas en toda Europa. Así es como imagino las soluciones pragmáticas en Europa, también en el futuro.

Para la política europea, este cambio de época debería significar construir puentes en lugar de cavar fosos. La ciudadanía espera una UE que cumpla. Los resultados de la Conferencia sobre el Futuro de Europa lo demuestran claramente. Los ciudadanos esperan cosas muy concretas de la UE, por ejemplo, una protección del clima más rápida, alimentos saludables, cadenas de suministro sostenibles o incluso una mayor protección de los trabajadores. En resumen, esperan la “solidaridad de hecho” que ya se mencionaba en la Declaración de Schuman de 1950. Nos corresponde restablecer continuamente esta solidaridad de hecho y adaptarla a los retos de cada época. 

En las décadas de fundación de la Europa unida, esto significaba principalmente hacer imposible la guerra entre los miembros mediante una vinculación económica cada vez más estrecha. El hecho de haberlo conseguido sigue siendo el mérito histórico de nuestra Unión. Sin embargo, con el paso del tiempo, el proyecto de paz se ha convertido también en un proyecto paneuropeo de libertad y justicia. Y esto fue posible principalmente gracias a los países que se unieron a nuestra comunidad más tarde: los españoles, griegos y portugueses, que se volcaron en una Europa de libertad y democracia tras décadas de dictadura, y luego las y los ciudadanos de Europa Central y Oriental, cuya lucha por la libertad, los derechos humanos y la justicia puso fin a la Guerra Fría. Entre ellos había muchos estudiantes valientes de esta universidad, cuya llamada a la libertad en una noche oscura de noviembre de 1989 fue tan fuerte que de ahí surgió una revolución. Esta Revolución de Terciopelo fue un golpe de suerte para Europa.

La paz y la libertad, la democracia y el Estado de Derecho, los derechos humanos y la dignidad humana, estos valores de la Unión Europea son nuestro patrimonio común. Especialmente ahora, ante las nuevas amenazas a la libertad, el pluralismo y la democracia que estamos viviendo en el este de nuestro continente, sentimos esta conexión con especial fuerza.

“Los Estados se sustentan en los ideales que los hicieron nacer”. Esta frase la pronunció uno de los más famosos profesores de esta universidad, Tomáš Masaryk, que posteriormente fue Presidente de Checoslovaquia. Esta frase se aplica a los Estados, pero también a la comunidad de valores que es la UE. Y como los valores son esenciales para que la UE siga existiendo, también nos afecta a todos que se violen esos valores, ya sea fuera de Europa o, más aún, dentro de ella. Este es el cuarto pensamiento que deseo compartir con ustedes hoy.

Por eso nos preocupa cuando se habla de democracia iliberal en el centro de Europa, como si eso no fuera un contrasentido en sí mismo. Así que no podemos tolerar que se violen los principios del Estado de Derecho y se desmantele el control democrático. Y para que quede absolutamente claro: en Europa debe haber tolerancia cero con el racismo y el antisemitismo. Por eso apoyamos a la Comisión en su compromiso con el Estado de Derecho. El Parlamento Europeo también está siguiendo este tema con gran atención. Estoy muy agradecido por ello.

No debemos rehuir del uso de todos los medios a nuestro alcance para abordar las deficiencias. Las encuestas muestran que en todas partes —incluyendo, por cierto, Hungría y Polonia— una gran mayoría de los ciudadanos quiere un mayor compromiso de la UE con la libertad y la democracia en sus países. Entre estos medios está el procedimiento del Estado de Derecho en virtud del artículo 7. También en este caso debemos alejarnos de las posibilidades de bloqueo. Asimismo, me parece sensato vincular sistemáticamente los pagos al cumplimiento de las normas del Estado de Derecho, como hemos hecho con el marco financiero 2021-2027 y el fondo de recuperación de la crisis de COVID. Y deberíamos dotar a la Comisión de un nuevo mecanismo para que inicie procedimientos de infracción también cuando se viole lo que nos une en el fondo: nuestros valores fundamentales, que todos hemos consagrado en el Tratado de la UE, a saber, la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de Derecho y el respeto de los derechos humanos.

Al mismo tiempo, me gustaría que no tuviéramos que luchar por el Estado de Derecho en los tribunales, porque además de todos los procedimientos y sanciones, lo que más necesitamos es un diálogo abierto a nivel político sobre los déficits, que existen en todos los países. El informe de la Comisión sobre el Estado de Derecho, con sus recomendaciones específicas para cada país, constituye una buena base para ello. Seguiremos políticamente de cerca la aplicación de estas recomendaciones, y también haremos nuestros propios deberes. Al fin y al cabo, el Estado de Derecho es un valor fundamental que debe unir a nuestra Unión. Especialmente en estos tiempos, en los que la autocracia está desafiando a nuestras democracias, esto es más importante que nunca.

Señoras y Señores: Antes ya mencioné a los valientes estudiantes de esta universidad que iniciaron la Revolución de Terciopelo en la noche del 17 de noviembre de 1989. En el campus universitario, en la calle Albertov, donde comenzó su protesta, una pequeña placa de bronce conmemora hoy ese suceso. Lleva inscritas dos frases que espero pronunciar más o menos correctamente: “Kdy, když ne teď? Kdo, když ne my?”;   que quieren decir: ¿Cuándo, si no ahora? ¿Quién, si no nosotros?   Hablando hoy desde Praga, quiero dirigir estas dos frases a todos los europeos: a los que ya viven en nuestra Unión y a los que, espero, se unirán pronto a nosotros. Quiero dirigirlas a los responsables políticos, a mis colegas, con los que luchamos a diario en Bruselas, en Estrasburgo y en nuestras capitales para encontrar soluciones. Se trata de nuestro futuro, que se llama Europa. Esta Europa se está enfrentando hoy a un reto como nunca antes.

¿Cuándo, si no es ahora —mientras Rusia intenta desplazar la línea que separa la libertad de la autocracia—, sentaremos las bases para una Unión ampliada de libertad, seguridad y democracia? ¿Cuándo, si no ahora, crearemos una Europa soberana que pueda mantenerse en un mundo multipolar? ¿Cuándo, si no ahora, superaremos las diferencias que desde hace años nos paralizan y dividen? ¿Y quién, si no nosotros, podría proteger y defender los valores de Europa, tanto interna como externamente?

Europa es nuestro futuro, y ese futuro está en nuestras manos.

Muchas gracias.